Redactado por Antonio Sanchis Pallarés, basándose en sus dos libros de Historia del Cabanyal, con las inapreciables aportaciones de Joaquim Díez Pérez, Valencia y su patrimonio marítimo, Diputación, 2010, pp. 166-169 y de Josep Martorell Damià i Ricard Ferrer, Passejant el Marítim, ROM editors, València, 2012, pp. 102-104.

 

EL PRIMER MERCADO

El Cabanyal (Canyamelar, Cabanyal y Cap de França) logró su plena autonomía en 1837, formando el pueblo que durante 60 años se conocería como Poble Nou de la Mar, nuestro pueblo. Una de los primeras preocupaciones de sus autoridades fue la de construir un mercado que ofreciera un buen servicio a su población. Porque ya desde 1833 y durante los primeros años de la independencia, el pueblo, que no tenía un mercado en condiciones, se veía precisado a comprar en unos mercados ambulantes, al aire libre y sin ninguna clase de instalaciones sólidas, sino desmontables. Concretamente, las autoridades habían establecido tres puestos de venta, uno en cada “partida”.Los del Canyamelar podían ir a las “atarazanas viejas, apoyado a espaldas de las casas Tabernas junto al Rihuet vara y media adentro de la esquina”.Los del Cabanyal podían comprar en “la calle ancha de San Andrés, apoyado a la acequia de Gas. Han de dejar libres seis varas de ancho para tránsito de personas y carruajes”. Y los del Cap de França pueden acudir a “la plaza del puente de los Ángeles, a la parte de las casas junto a la de D.Vicente Zacarés”.

A pesar de su precariedad, el mercado funcionaba con buen ritmo, y tenemos datos de los diferentes gremios de vendedores, que tratan con el Ayuntamiento los “encabezamientos” o contribución que debían satisfacer anualmente por el derecho de ocupar un puesto de venta. Se habla de cuatro gremios: vendedores de carnes; de vino, vinagre y aguardientes; de aceite y jabón y de nieve (que traían de cercanos ventisqueros, por la zona de Requena o de Utiel). Entre estos tratantes y expendedores de nieve -“nevateros”- encontramos a José Gosálvez Ramón, padre del alcalde y maestro de obras, que es nombrado por los otros ocho tratantes su representante o síndico.
Pero a partir de 1855, bajo la presidencia del alcalde Peregrín Cerveró, el Ayuntamiento concibe la idea de construir un mercado, en el lugar teóricamente reservado para edificar viviendas, entre las calles Reina, Barraca, Teatro y Justo Vilar. Era el año en que se estaban concediendo las primeras licencias para construir y urbanizar el nuevo Cabanyal. Pero, a pesar de todas las advertencias y amenazas, todavía nueve propietarios de solares en esa manzana, quizá por falta de fondos, no habían empezado a edificar, siendo así que tenían licencia concedida desde 1840.
Para llevar a cabo este proyecto, el Ayuntamiento cuenta con un aliado de importancia: la Diputación Provincial, que le apoya decididamente, a la vista del tiempo transcurrido desde la primera concesión de 1840 y, sobre todo “vistas las razones de equidad y de conveniencia incontestables”. Paralizar unas obras apenas comenzadas (prácticamente los fundamentos de las viviendas) no puede resultar grave. En cambio, autorizar un mercado reportaría grandes beneficios a la totalidad del pueblo. Al fin y al cabo, los Ayuntamientos tienen “el dever de cuidar del sortido de comestibles para sus administrados y consiguientemente de proporcionarles sitio apropósito para el establecimiento de los mercados”.

Hasta ese momento, los habitantes del Canyamelar, sobre todo la numerosa colonia veraniega, tiene que acudir “para el surtido diario o bien al Grao o bien al centro del Cabañal atravesando acequias, pisando un suelo arenoso y sufriendo los rigores del sol del estío”. Y esto es una “mengua”o desprestigio para el mismo Ayuntamiento. Por eso la Diputación acuerda conceder la suspensión de las obras que se están realizando, considerando que la plaza que se construya embellecerá el entorno y vendrá a ser el centro de la población.
Pero a pesar de todos estos buenos propósitos, la cruda realidad parece que quiere imponerse, y la Diputación establece el 20 de junio de 1855-prácticamente cuando aparecían los primeros síntomas de una epidemia colérica semejante a la del año anterior- unas condiciones que al Ayuntamiento le cuesta mucho cumplir, aunque fueran de sentido común. Porque se habla de respetar los intereses creados y de no causar perjuicio ni a los enfiteutas, es decir, los propietarios de los solares, ni al Real Patrimonio. En resumen, que el Ayuntamiento debería pagar a los propietarios el importe de los solares, más los gastos invertidos en construir los cimientos, y a la Corona deberá pagarle el mismo alquiler que iban a pagarle los propietarios. Con eso no contaba nuestro flamante Ayuntamiento.
Demasiadas exigencias y demasiada desgracia para ese Ayuntamiento incipiente y de muy escasos recursos. De modo que pasa un año y el 31 de julio de 1856 Peregrín Cerveró anuncia a la Diputación la renuncia del Ayuntamiento al Mercado, pues carece de recursos para satisfacer debidamente a los dueños delos solares. Todo esto supone nuevas prórrogas y acumulación de papeleo, del que el administrador o Bayle local José Mateu Cervera estaba más que harto, pues las cosas no funcionaban y en el Real Patrimonio no le sacaban ningún provecho a esos solares. Vuelven a urgir a José Mateu y éste contesta en agosto de 1857, excusándose de manera un tanto destemplada, ofreciéndonos indirectamente unos datos de sumo interés: “Debo llamar la atención de Vuestra Señoria y hacerle presente que para desempeñar debidamente algunas diligencias es menester salir de esta ciudad y gastar en carruages, no teniendo sueldo fijo para soportar este gasto; que además hace pocos años había un celador en las playas con dotación fija, el cual tenía obligación de averiguar y dar cuenta a esta subalterna de todo lo que ocurriese, y este recurso también ha faltado, por supresión de dicha plaza”.
Pero once años más tarde se perfila una propuesta, que ya será la definitiva, y que convertirá a esa zona en el centro vital del Cabanyal desde 1869 hasta 1958: el nuevo mercado se emplaza entre las calles San Andrés y Virgen de los Ángeles, es decir, en la actual plaza Dr. Lorenzo La Flor -antes, Abu-Avelid, con motivo de la ayuda que ese personaje aportó a los damnificados por la riada de 1957; antes, plaza Mercado y, antes de que ese nombre ocupara el puesto que ocupa, plaza Virgen de los Ángeles-; prácticamente en el centro geográfico de Pueblo Nuevo del Mar.
La intención del Ayuntamiento era hacer un mercado de gran categoría. Para ello, en 1867, le encargan el proyecto al afamado arquitecto Joaquín Mª Calvo,que era el arquitecto oficial de Pueblo Nuevo del Mar. Y Calvo, efectivamente,elabora un proyecto precioso firmado el 5 de julio de 1867, tal como se puede apreciar en los planos que se conservan en el archivo municipal de Valencia.Prácticamente en esos planos se prefiguraban los posteriores mercados Central y de Colón que se construirían en la ciudad por los años 20. Pero,desgraciadamente, el presupuesto municipal no alcanzaba a cubrir su importe.Tuvieron que recurrir a un proyecto más modesto, redactado por Vicente Bochons, el maestro de obras que construyó el chalet de Blasco Ibáñez.

Pero el Ayuntamiento, presidido por Vicente Barberá Bellido, aunque le había encargado el sencillo diseño a Bochons, ni siquiera le encarga a éste el proyecto, sino que busca una solución más asequible y, simplemente, se le encarga a un constructor llamado José Llorca Vidal, que a su vez le cede los derechos de la contrata a su hermano Pedro, “ingeniero mecánico”, que será finalmente quien construya el mercado.Este mercado, que será el punto neurálgico del Cabanyal durante 89 años,era un rectángulo de 40’20 por 45 metros (1800 m²) y tenía tendrá 52 puestos de venta (casitas de vendeduría decían ellos) situados en el interior de un rectángulo que tenía tres puertas en la fachada Este o principal ,en la calle San Andrés, que luego se llamaría Escalante por haber nacido justo al lado el sainetero Eduardo Escalante tres en la fachada Oeste o calle Virgen de los Ángeles y una en las dos fachadas Norte y Sur. Cada una de las casitas tenía 7’8 m² y estaban edificadas en ocho tramos, dos a cada uno de sus lados. El precio de todo este mercado ascendía a 11.995 escudos, 400 milésimas (=29988 pesetas). Construido de acuerdo con los planes previstos, al año siguiente se comprueba la necesidad de cubrirlo con unos toldos. El Ayuntamiento le irá pagando la deuda a Pedro Llorca, a base del alquiler que se cobraba a los vendedores. La deuda puede cancelarse por fin en 1876, con la firma en nombre del Ayuntamiento de Vicente Viñes Roig.Según la descripción de Ximo Díez, el mercado formaba aproximadamente un cuadrado con techo de madera sostenido por tirantes de hierro con dos largas cubiertas que lo atravesaban y rodeado de una pared en la que se abrían ventanas y puertas para acceder a las casetas del interior y con una espectacular puerta en arco y elegante, de un estilo renacentista que se cerraba por unas rejas, y que de esta forma mantenía al mercado totalmente aislado del exterior.En las dos esquinas que daban a la calle de Escalante existía lo que se conocía por Les Fregidores, donde desde muy temprano se confeccionaban diferentes bocadillos de tortilla, pimiento, longaniza, morcilla…, y que se servían a los trabajadores que a esa hora se dirigían al tajo. Como entonces los bocadillos con el pan actual no se conocían, se montaban en las olvidadas pataquetes que venían a costar alrededor de unos quince céntimos.En las dos esquinas que daban a la calle de los Ángeles, en la parte sur se encontraba la oficina del Repeso y en la que daba al norte el propio almacén del mercado.El interior del recinto se encontraba rodeado de casetas en las que se ofrecía la carne, las aves, el fiambre y en su parte central se situaban las verduras.Separado del resto y en el cuadrante central que miraba a la cercana plaza de la Cruz del Canyamelar se situaban los puestos del pescado, donde destacaban los simpáticos gritos de las vendedoras llamando a sus clientes.Las pescadoras exponían sus piezas rodeadas de hielo picado, que adquirían de la conocida fábrica de Terencio, que se encontraba a las espaldas del mercado en una calle paralela a la de San Pedro.La especialidad del Mercado del Cabanyal fue siempre el pescado que vendía. Su calidad era de las más consideradas junto con el que se vendía en el Mercado Central, normalmente servido también por pescadoras del Cabanyal y que era apreciado de tal forma que incluso familias de la capital acudían al pueblo para adquirir sus piezas, pues contaban con la garantía de pescadores y pescadoras conocedores desde su niñez de la calidad de las mismas. Siempre se ha dicho que las gentes del Cabanyal y El Canyamelar saben, con sólo mirar los ojos de un pescado, garantizar su calidad y frescura.En el callejón que miraba al Canyamelar existía una conocida barbería y delante de la misma se situaban a vender sustanciosas hortalizas los labradores de las cercanas huertas de Alboraya o Museros, ventas que se efectuaban en forma directa, es decir del labrador al consumidor.En el mismo callejón solía montarse un puesto por la conocida familia delos Zamora, acreditados zapateros, que vendían alpargatas de esparto y unas muy solicitadas por su fortaleza que eran de lona reforzadas de cuero. Alrededor del mercado, sobre todo los jueves, se situaban diferentes tenderetes con grandes lonas para resguardarse del tiempo, que asemejaban barcas con vela latina, en las que se vendían y exhibían toda clase de productos.

EL MERCADO ACTUAL

El aumento de población y la vetustez del recinto hizo que la ciudad construyese un nuevo mercado de unos 3.550 metros cuadrados, con fachada a la calle de Martí Grajales y Marino Sirera que fue inaugurado el día 2 de julio de 1958 y que cuenta ya con más de cuatrocientos puestos, además de aseos privados, cámaras de seguridad, aire acondicionado, puertas automáticas y otras modernas novedades.
En su exterior siguen vendiendo directamente los agricultores de las zonas cercanas y dentro los titulares de los puestos del mercado tienen firmado con el Ayuntamiento un convenio de autogestión, siempre pensando en dar un mejor servicio al ciudadano.
Pero lo que no ha cambiado en absoluto y sigue siendo su principal característica es la venta del pescado, su calidad y sobretodo el gracejo histórico de nuestros pescadores y pescadoras que con sus llamadas y exclamaciones le dan a este mercado la exquisita nota de su alegría y humor.
Según Pep Martorell: “L’actual edifici del Mercat del Cabanyal, blanc, coronat per un miramar, dona inici al carrer de la Mediterrània. Escrupulosament situat al mig de les demarcaciones del Cabanyal i del Canyamelar, des de que fou inaugurat al juliol de 1958, presenta als visitants una oferta cada dia més cuidada.
A més, és una caixa de resonància on molta gent es coneix. Cada parada oferix infinites possibilitats per aprendre a conéixer les verdures, els peixos… El mercat ha anat adaptant les seues instal.lacions a la vida actual, millorant instal.lacions (repetitivo instal.lacions), oferint promocions. En una paraula, ajudant a crear una relació cordial i de confiança amb els clients. Els dissabtes són dies principals. Totes les parades es preparen pera tendre una clientela que eixe dia será important. Acudiran molts compradors,molts d’ells de barris llunyans, esperonats per la possibilitat de comprar peixet de platja que les pescadores gloriejen amb els seus crits de reclam.
A l’interior del mercat les presses que regnen a l’exterior perden força. El soroll mecànic dels autos és substituit pel remor de les converses. Tothom parla. Les venedores continuen descobrint als clients, les excel.lencies dels seus productes. Recomanen innovacions culinàries amb nous productes vinguts de fora. Nous productes per atendre nous col.lectius de població. Noves formes de presentar-los acomplint amb les noves tendències higiéniques i estètiques.

De tota la xarxa de mercats municipals, aquest del Cabanyal és un dels més coneguts de la ciutat. El dijous al seu voltant estenen els productes els venedors ambulants. Eixe dia, l’entorn s’ompli de crits reclamant l’atenció de les onades de gent que recorren els carrers ocupats per una oferta multicolor. També és digne de destacar el mercat de Reis”.